LA ILUSIÓN Y LOS 24 CUADROS
Por Manuel Torres
Ayer visité la casa de un amigo, Omar Valbuena; un artista plástico entregado a su labor con una disciplina ineluctable. Recuerdo que dijo: -Un dibujo por día, decía Van Gogh- entonces de instantáneo mi cabeza giró a preguntas inexploradas antes. Si para un Pintor la disciplina incluye un dibujo diario, y para un Escritor un verso diario -como también lo mencionó García Márquez alguna vez- para un Cineasta, ¿cuál sería la disciplina? ¿Una película diaria? No lo sé.
Pasado entonces el tiempo entre la charla, las galletas, las sonrisas, los cuadros comentados, los callados, los evocados y las cercanas impresiones del trabajo personal en la creación artística, Omar mencionó: -Le tengo una sorpresa-. Se fue a una esquina de su sala, tomó en sus manos algo que parecía una maleta, una máquina de escribir, y lo posó sobre la mesa. Lo abrió con tanto cuidado, que me sorprendió su misticismo, y bueno, no fue necesario preguntar de qué se trataba; la maquinaria, el bombillo, el lente y la película enhebrada lentamente por sus manos, explicaron detalladamente lo que era: un proyector de cine de 16 mm. La película, acariciada por los accesorios mecánicos del proyector, era plasmada en la pared de su casa. Las primeras imágenes eran de película rayada. Puntos, líneas, figuras sumergían mi consciente a la visión mágica del recuerdo: la primera proyección pública que organizaron los hermanos Auguste y Antoine Lumière el día 28 de diciembre de 1895 en París, en el Boulevard de los Capuchinos. Imaginé que de aquel rectángulo de luz con diminutas figuras y líneas, saliera un tren gigantesco y yo gritara horrorizado en busca de la salida de emergencia. Era la llegada del tren a la estación, la imagen que ese 28 de diciembre los espectadores primerizos presenciaron temerosos e inocentes. Entonces, Omar me gritó: -¡Hey! ¡Pregunto si quieres café!- Yo estaba aún en Paris; sin embargo, asentí.
Lo próximo fue visualizar roches de películas que Omar compraba en el mercado de las pulgas, y que también encargaba a los comerciantes. Una familia jugando en el parque, la mujer montando su hijo en un columpio, y varios niños riéndose al ser tocados por la luz del sol de aquella tarde. Un país europeo indudablemente. Después, los Trotamundos de Harlem, haciéndose pases pintorescos, como si jugasen fútbol americano, y luego, un actor francés de teatro hablando de su labor en las artes escénicas y su experimentación con el cine. Le dije a Omar: -Si tuviese sonido no sería igual-. Si quizá escuchara su voz, no sería igual. Si quizá, escuchara el golpe de la bola de baloncesto rebotar en el suelo, no sería igual. Sería T.V. No sería cine. Entonces me pregunté de nuevo: -¿Cuál será la disciplina para un Cineasta? ¿Una película diaria?... No lo sé- respondí. El movimiento de los cuerpos balbuceando con el tiempo y la velocidad de obturación, me hizo comentar: -Eso está en menos de 24 cuadros- Pero no cuadros de Omar -mi amigo que es artista plástico; pintor-… No. Cuadros por segundo.

Los espectadores del 28 de diciembre en el Boulevard de los Capuchinos, eran antes espectadores de cuadros. De fotogramas. Fotografías. De pintura. De galería. Cuadros como los de Omar. Por tal razón, el acto en movimiento de la llegada del tren a la estación, ocasionó dichas reacciones. Hasta ese momento el concepto de movimiento era desconocido, indefinido; extraño.
Seguía yo sentado viendo cine de 16 mm, por el proyector de Omar, a 24 cuadros por segundo. 24 cuadros no de Omar. 24 cuadros; Fotogramas consecutivos que engañan al ojo forjando una ilusión óptica concluida en Movimiento; una acción en un tiempo y un espacio determinado.
Entonces, concluí la disciplina del Cineasta: 24 Cuadros-Fotogramas-Pinturas-Escritos-Ideas-Trenes-o lo que sea, por segundo, al día. Ilusiones, quizá con trenes a la entrada de la estación, o quizá con los Trotamundos de Harlem hacer pases pintorescos. Disciplina de construcción visual consecutiva, regida por el principio: Una acción en un tiempo y espacio determinado; Movimiento.
La imagen del proyector quedó en blanco, con esas diminutas formas y puntos, mientras yo suspiraba, y Omar enhebraba otra cinta en las entrañas mecánicas del juguete creador de cine, entonces volví a sentir la magia de saber que puedo construir ilusiones. Al menos ya había cumplido los 24 cuadros de ese día. Sin embargo, mañana tendría que volver a la casa de Omar. ¿O dónde veré cine a 24 cuadros, sin sonido, y que sólo tenga la intención de documentar una acción?
Imagen: Gentileza de Omar Valbuena.
Manuel Torres
Bogotá, Colombia
©2010, Revista Absenta. |